No permitas que tu vida se diluya en apariencias

Cuando hablamos de sinceridad lo primero que nos viene a la mente es decir lo que pensamos abiertamente, incluso muchos justifican el insulto, las groserías y la falta de educación con la sinceridad, cuando ser sincero no significa ser desagradable ni impertinente. Pero hay un rasgo de la sinceridad que no tomamos en cuenta, y es su nexo con la veracidad y la sencillez.

Recorremos el camino de nuestra vida recogiendo enseres, vamos en un viaje donde nos cargamos de objetos y sentimientos que algunas veces nos facilitan el recorrido y muchas otras se convierten en un gran peso que lleva al agotamiento y al desgaste.

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Eso ocurre con las apariencias, con querer parecer algo que no se es, en querer proyectar una imagen de nosotros que a la larga cuesta demasiado mantener; esta situación va derivando en un desgaste y en una especie de olvido de nuestra propia realidad, de lo que somos esencialmente y de lo que nuestros afines aman de nosotros; incluso terminamos recorriendo ese camino cargados de cosas innecesarias por mantener esa apariencia y dejamos lo genuino a un lado.

La apariencia implica una pérdida de sinceridad y de honestidad con uno mismo, ¿para qué hacer ver a otra persona que no somos quienes somos? ¿por qué ocultar nuestro maravilloso ser? ¿por qué pensar que mantendremos las apariencias a lo largo de todo el camino y además lo disfrutaremos?

Asociamos las apariencias con lo externo, con lo físico, con la manera de vestir de una persona y tendemos a juzgar a los seres a partir de allí, pero las apariencias también llevan implícito una situación interna, de aceptación o negación, de rechazo y de una inconformidad inconsciente con la vida que llevamos o con la manera que tenemos de hacer las cosas.

Es propio de un espíritu fuerte profundizar los asuntos que trata, y no dejarse sorprender por las apariencias.

―Eugenio Espejo

 

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Cuando asimilamos el desgaste que conlleva las falsas apariencias, y nos permitimos abrirnos a la sinceridad con nosotros mismos y con los demás, comenzamos a descargarnos de los enseres innecesarios que tomamos en el camino:

1.- Constantes dudas respecto a las decisiones que tomamos en determinados momentos.

2.- Pensamientos de envidia hacia los demás y necesidad de superar aquello que nos genera envidia.

3.- Una alta capacidad de juzgar las situaciones y decisiones de los demás.

4.- Gran necesidad por ocultar aquellos aspectos de nosotros mismos que nos incomodan.

5.- Deseo permanente de hacer saber al otro los pasos que damos, los logros que obtenemos y los planes que figuramos.

6.- Actitud positiva ante los demás pero conflictiva en nuestros hogares.

7.- Deseos vanos de felicidad y plenitud que se transforman en constantes quejas.

8.- Una alta necesidad de compartir experiencias íntimas en su mayoría fingidas.

9.- Tendencia a la comparación permanente de nuestra situación en relación a la de los demás.

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No hagamos de las apariencias nuestra verdadera identidad, no nos esforcemos por mantener una imagen que no somos, no nos desgastemos en hacer ver a los demás lo que ellos quieren ver, seamos auténticos, honestos con nosotros mismos, genuinos y sencillos, hagamos de nuestro día a día único y real, con lo bueno y con lo malo, con lo dulce y con lo amargo, con los mayores y los pormenores y haremos de nuestra existencia un ligero placer.